La Estación Espacial Internacional (ISS) es uno de los laboratorios más importantes para estudiar el cambio climático. Desde su órbita a unos 400 kilómetros de altura, permite observar la Tierra de forma continua y desde una perspectiva única, complementando los datos de satélites y estaciones terrestres.
Crédito: NASA
Una vista privilegiada del planeta
La ISS orbita la Tierra aproximadamente 16 veces al día, lo que le permite monitorear distintas regiones en diferentes momentos. Esta cobertura dinámica es clave para analizar fenómenos como tormentas, incendios forestales o cambios en los ecosistemas casi en tiempo real.
¿Cómo obtiene los datos?
La estación utiliza tres principales métodos:
- Instrumentos científicos externos: sensores que miden aerosoles, vapor de agua, ozono y temperatura. Un ejemplo es SAGE III, que analiza la composición de la atmósfera.
- Satélites pequeños (CubeSats): desplegados desde la ISS para estudiar variables específicas como gases de efecto invernadero o vegetación.
- Observación de astronautas: fotografías que ayudan a documentar eventos naturales y validar datos científicos.
¿Qué información aporta?
Los datos recolectados permiten estudiar:
- Sequías y uso del agua
- Contaminación atmosférica
- Formación de nubes y radiación solar
- Eventos extremos como huracanes o incendios
Esta información mejora los modelos climáticos y la toma de decisiones a nivel global.
Impacto en la Tierra
Las investigaciones desde la ISS tienen aplicaciones directas:
- Pronósticos meteorológicos más precisos
- Mejor gestión de recursos naturales
- Respuesta ante desastres
- Planeación agrícola y urbana
La ISS no solo impulsa la exploración espacial, también es clave para entender el cambio climático. Su combinación de tecnología, observación continua y colaboración internacional la convierte en una herramienta esencial para proteger el planeta.
El regreso de los humanos a la Luna sigue tomando forma. La NASA anunció una actualización importante de su programa lunar Programa Artemis, añadiendo una nueva misión y ajustando su arquitectura para aumentar la seguridad y la viabilidad del proyecto.
Además, la agencia confirmó que la misión tripulada Artemis II está programada para abril de 2026, un paso clave en el camino hacia el próximo alunizaje humano.
El objetivo del Programa Artemis

Créditos: NASA
El Programa Artemis busca llevar nuevamente astronautas a la Luna por primera vez desde las misiones del Programa Apolo, que concluyeron en 1972.
A diferencia de aquellas misiones, el nuevo programa no pretende solo realizar visitas breves, sino establecer una presencia humana sostenible en la superficie lunar, especialmente en el polo sur, donde podría existir hielo de agua útil para futuras exploraciones.
Este proyecto también funciona como plataforma de preparación para misiones humanas a Marte.
Una nueva misión para reforzar la estrategia
Como parte de la actualización del programa, la NASA decidió incorporar una misión adicional en la secuencia Artemis.
El objetivo es realizar pruebas clave antes del primer alunizaje del programa, incluyendo:
- maniobras de acoplamiento entre naves
- validación de sistemas de soporte vital
- pruebas de comunicación y navegación
- integración con módulos de aterrizaje desarrollados por empresas privadas
Durante estas misiones se utilizará la nave Orion, diseñada para transportar astronautas en el espacio profundo, así como el potente cohete Space Launch System.
Asimismo, compañías como SpaceX y Blue Origin participan en el desarrollo de los sistemas de aterrizaje lunar que permitirán descender a la superficie.

Créditos: NASA
El calendario actualizado de Artemis
El programa lunar se desarrolla por etapas progresivas:
2022 — Artemis I
- Primera misión del programa.
- Vuelo de prueba sin tripulación alrededor de la Luna para validar el sistema completo.
Abril de 2026 — Artemis II
- Primera misión tripulada del programa.
- Cuatro astronautas viajarán alrededor de la Luna sin aterrizar, probando todos los sistemas con humanos a bordo.
2027 — Artemis III (misión de prueba adicional)
- Permitirá validar operaciones y tecnologías clave antes del descenso lunar.
2028 — Artemis IV
- Objetivo: realizar el primer alunizaje tripulado del programa Artemis.
El siguiente capítulo de la exploración lunar
Si el programa avanza según lo previsto, Artemis permitirá:
- explorar el polo sur lunar
- estudiar recursos como el hielo de agua
- probar nuevas tecnologías para la vida en otros mundos
- preparar futuras misiones humanas a Marte

Créditos: NASA
En definitiva, la actualización anunciada por la NASA busca asegurar que el regreso a la Luna no sea solo un hito histórico, sino el inicio de una nueva era de exploración espacial sostenible.
Y el próximo gran paso llegará el 1 abril de 2026, cuando Artemis II lleve nuevamente astronautas al entorno lunar después de más de medio siglo.
Cuando hablamos del espacio, solemos pensar en grandes agencias internacionales y misiones lejanas, casi inalcanzables.
Pero hay una historia que no siempre se cuenta: investigaciones reales, con participación mexicana, ya han llegado al espacio… y están regresando con datos que impactan directamente en la Tierra.
Estos proyectos nacen de la colaboración entre equipos internacionales, donde jóvenes mexicanos aportan conocimiento, innovación y desarrollo científico.
Y muchos de ellos dieron su primer gran paso gracias al International Air and Space Program (IASP) de AEXA.
A través del IASP, equipos ganadores han logrado enviar sus proyectos al MISSE (Materials International Space Station Experiment), un laboratorio ubicado en el exterior de la Estación Espacial Internacional (EEI), donde la ciencia se pone a prueba en uno de los entornos más extremos que existen.
¿Qué es MISSE y por qué es tan importante?
MISSE es una plataforma de experimentación instalada en el exterior de la EEI. En ella, materiales y experimentos se exponen directamente a condiciones imposibles de replicar en la Tierra:
radiación espacial, vacío extremo y cambios drásticos de temperatura.
Los resultados obtenidos en MISSE permiten mejorar materiales aeroespaciales, tecnologías avanzadas y también desarrollar soluciones aplicables a la vida cotidiana, desde nuevos recubrimientos hasta materiales más resistentes y eficientes.
Investigaciones mexicanas que han llegado al espacio
GAIA: Microorganismos en busca de pistas sobre el origen de la vida
Uno de los equipos ganadores del IASP desarrolló GAIA, un experimento enfocado en estudiar cómo ciertas microalgas (endolitos) se comportan en el espacio cuando se encuentran dentro de una roca.
El objetivo es analizar si la teoría de la Panspermia —que plantea que la vida pudo haber llegado a la Tierra a través de meteoritos— podría tener sustento científico. Un experimento que conecta biología, astrobiología y exploración espacial.
Investigaciones actuales en órbita
En 2025, dos equipos ganadores del IASP 2024 enviaron nuevos proyectos al MISSE, donde permanecerán aproximadamente seis meses en el espacio, recolectando información clave para futuras aplicaciones científicas y tecnológicas.
Equipo LUMINYS – Bio Coating
Este proyecto se basa en microcápsulas de alginato con microorganismos extremófilos, diseñadas para evaluar su comportamiento y resistencia bajo condiciones espaciales extremas. Sus resultados podrían abrir la puerta a nuevos recubrimientos biológicos y materiales más resilientes.
Equipo Project HAL – Carbon-Chitin Fibers
Un material compuesto innovador con una proporción 80:20 de microfibras de quitina y microfibras de carbono, enfocado en desarrollar un material más ligero, duradero y resistente, ideal para aplicaciones aeroespaciales y de alta ingeniería.
Talento mexicano con impacto global
Estas investigaciones no se quedan en el espacio.
Regresan convertidas en datos, aprendizaje y tecnología aplicable en la Tierra.
Así, jóvenes mexicanos no solo participan en ciencia de frontera: aprenden, desarrollan y compiten a nivel global, demostrando que el talento nacional puede formar parte activa de las misiones espaciales más avanzadas del mundo.
🚀 El futuro de la exploración espacial también se escribe desde México.
Imagínate algo que no pertenece a nuestro sistema solar, viajando por millones o incluso miles de millones de años luz… ¡hasta que finalmente cruzó nuestro barrio celestial! Ese es 3I/ATLAS, la tercera roca interestelar confirmada que visita nuestro sistema solar — y la primera que se comporta claramente como un cometa activo.

¿Por qué 3I/ATLAS es tan especial?
- No es un cometa común:
A diferencia de muchos cometas que nacen en nuestro propio sistema solar, 3I/ATLAS viene de fuera del Sol, moviéndose tan rápido que nunca será atrapado por su gravedad. Su trayectoria es hiperbólica, lo que significa que vino, pasó y seguirá su camino hacia el espacio profundo. - Origen misterioso:
Este visitante proviene probablemente de otro sistema estelar, y al analizarlo, los científicos esperan descubrir pistas sobre cómo se forman los cuerpos celestes más allá del lugar donde vivimos. - Un cometa con actitud:
Mientras se acercaba al Sol, 3I/ATLAS exhibió un comportamiento de cometa típico: expulsó gases y polvo formando una coma brillante alrededor de su núcleo helado, e incluso desarrolló un anti-rabo que sorprendió a los astrónomos.

Una máquina del tiempo interestelar
Este no es solo un objeto más en el cielo nocturno; para los científicos, 3I/ATLAS es como una cápsula del tiempo desde otra estrella. Estos son los datos que sin duda no debes de olvidar:
- Se estima que su núcleo mide desde cientos de metros hasta varios kilómetros, y cuando fue descubierto se desplazaba a increíbles ~220,000 km/h, acelerando hasta unos 246,000 km/h en su punto más cercano al Sol.
- Las observaciones revelan que su nube de gas puede estar dominada por dióxido de carbono y otros compuestos poco comunes en cometas tradicionales, lo que abre una ventana a la diversidad química del universo.
- Estudios recientes muestran que tras su máxima cercanía al Sol en octubre de 2025, el objeto sigue activo, con emisiones de polvo y gases que los instrumentos científicos continúan detectando.
Señales de otro mundo
Las recientes señales de radio detectadas del objeto interestelar 3I/ATLAS representan un hito sin precedentes en la astronomía moderna, al tratarse de la primera vez que se capta emisión de radio proveniente de un objeto de origen extrasolar. Estas señales, registradas mediante radiotelescopios de alta sensibilidad, no apuntan a un origen artificial, sino que están asociadas a procesos naturales: la liberación de gases cuando el objeto interactúa con la radiación solar. En particular, los astrónomos identificaron firmas vinculadas a radicales de hidroxilo (OH), un subproducto de la descomposición del agua, lo que refuerza la hipótesis de que 3I/ATLAS se comporta como un cometa activo. Este descubrimiento abre una nueva ventana para estudiar la composición química, la actividad y la evolución de objetos formados en otros sistemas estelares, aportando pistas clave sobre los procesos que ocurren más allá de nuestro vecindario cósmico.
Y si te preguntas si este increíble evento estelar será visible desde la Tierra, la respuesta es sí; aunque no como un cometa espectacular a simple vista. Durante finales de 2025 y principios de 2026, 3I/ATLAS ha sido observable con telescopios desde la Tierra, especialmente al amanecer, cuando aparece como una mancha difusa en el cielo.
Pero lo mejor no es solo verlo, sino entenderlo. Cada observación ayuda a desentrañar los secretos de cómo se forman los mundos alrededor de otras estrellas.
3I/ATLAS no solo es un cometa; es un embajador interestelar, un fragmento helado de otro sistema que nos permite asomarnos — aunque sea un poco — a cómo son las cosas más allá del Sol. Su paso por nuestro sistema solar ha sido raro, intrigante y lleno de sorpresas, y todavía queda mucho por aprender mientras continúa su viaje hacia la oscuridad.
3I/ATLAS está aquí. Está activo. Y cada fragmento de información que obtenemos es un paso más cerca de comprender los misterios del universo.


Una misión con propósito
El objetivo de SERA Space Age va más allá de la experiencia individual. Esta misión busca inspirar a la juventud global, demostrar la importancia de la colaboración internacional en la exploración espacial y abrir el camino hacia un futuro donde los vuelos suborbitales y la vida fuera de la Tierra formen parte de nuestra realidad. Ser parte de este proceso de selección significa asumir un papel como pioneros, embajadores y ejemplos para miles de jóvenes que ven en el espacio un horizonte posible.

Nuestros seleccionados
- Dafne Pimentel
- Brandon Montoya
- Pablo González González
- Diego Pérez
- Samantha Iniestra
- Aaron López González
- Diana Gabriela García Ríos
- Ivana Naomi Millán Flores

Un futuro que comienza hoy
Dafne Pimentel en el IASP 2022Cuando hablamos de la carrera espacial, lo primero que se nos viene a la mente son cohetes, astronautas y centros de control repletos de ingenieros. Sin embargo, la historia demuestra que la exploración del espacio ha sido moldeada también por mujeres que, desde distintas disciplinas, han abierto camino y roto barreras. Sus aportes han sido esenciales para que la humanidad llegue, literalmente, más lejos de lo que jamás imaginó.
Un viaje desde las matemáticas hasta las estrellas

Katherine Johnson
En los años 60, mientras el mundo observaba con asombro la carrera por llegar a la Luna, un grupo de mujeres afroamericanas trabajaba en silencio en la NASA, realizando cálculos cruciales. Entre ellas, Katherine Johnson, matemática que calculó trayectorias para las misiones Mercury y Apollo 11, asegurando que el primer hombre llegara a la superficie lunar y regresara a salvo. Su trabajo fue tan preciso que incluso, años después, cuando llegaron las computadoras, los astronautas pidieron que ella verificara los datos antes de despegar.
Las ingenieras también han jugado un papel clave en esta carrera. Margarita M. Acosta, ingeniera mexicana, participó en el diseño de sistemas de comunicación satelital que mejoraron la transmisión de datos desde el espacio a la Tierra. Más recientemente, Swati Mohan, ingeniera aeroespacial, lideró el sistema de control de actitud y navegación durante el aterrizaje del rover Perseverance en Marte, convirtiéndose en una de las voces más reconocidas en la misión.

Swati Mohan
Científicas que expanden nuestro conocimiento
En el campo de la astrobiología, Laurie Barge estudia cómo podrían originarse formas de vida en otros planetas, mientras que Ellen Stofan, geóloga planetaria, ha investigado la historia de Venus, Marte y las lunas de Saturno para entender la evolución de mundos que podrían albergar vida. Estas científicas han ampliado los límites de lo que sabemos sobre el cosmos y sobre nuestra propia Tierra.
El espacio no solo necesita ingenieros y científicos: la medicina espacial es vital para mantener la salud de astronautas en misiones prolongadas. La doctora Ana Maria Jaramillo, médica colombiana, ha trabajado en investigaciones sobre cómo la microgravedad afecta la masa ósea y la presión intracraneal, estudios fundamentales para preparar a la humanidad para viajes de larga duración a Marte.
Y no se puede hablar de mujeres en la carrera espacial sin mencionar a Valentina Tereshkova, la primera mujer en viajar al espacio en 1963. Décadas después, Sally Ride se convirtió en la primera estadounidense en órbita, inspirando a generaciones enteras. Más recientemente, Christina Koch y Jessica Meir realizaron la primera caminata espacial exclusivamente femenina en 2019, un momento histórico que simbolizó un cambio en la representación de género en misiones espaciales.

Christina Koch (derecha) y Jessica Meir (izquierda)
Hoy, las agencias espaciales y empresas privadas trabajan por aumentar la participación femenina en todos los niveles. Desde el diseño de hábitats lunares y sistemas de impresión 3D en el espacio, hasta la programación de software para satélites y la coordinación de misiones internacionales, las mujeres están demostrando que el talento no tiene género ni límites.
Su diversidad profesional ha fortalecido la capacidad de la humanidad para explorar el espacio. Las matemáticas que calculan órbitas, las ingenieras que diseñan sistemas, las científicas que estudian planetas y las médicas que cuidan la salud de astronautas son piezas fundamentales de un rompecabezas que sigue expandiéndose.
Y, quizá lo más importante, sus logros inspiran a nuevas generaciones de niñas y jóvenes a imaginarse no solo mirando las estrellas, sino construyendo el camino hacia ellas.
El 27 de diciembre de 2024, los astrónomos del sistema ATLAS en Chile realizaron un descubrimiento inquietante: un nuevo asteroide, ahora conocido como 2024 YR4, acababa de pasar relativamente cerca de la Tierra, a una distancia de 828 mil kilómetros, poco más del doble de la distancia que nos separa de la Luna.
Sorprendentemente, el objeto había sido detectado solo dos días después de su máxima aproximación. Este retraso inicial en su detección encendió las alarmas en la comunidad científica, ya que el asteroide mide entre 53 y 67 metros de diámetro, una masa comparable a la de un edificio de 15 pisos y lo suficientemente grande como para causar daños significativos si impactara en la Tierra.
En las primeras semanas tras su hallazgo, los cálculos preliminares estimaban una probabilidad superior al 3 % de impacto con nuestro planeta para el año 2032, lo que llevó a que el objeto fuera clasificado en el nivel 3 de la escala de Turín. Esta escala se utiliza para medir el riesgo de impacto de objetos cercanos a la Tierra, y solo había sido alcanzado un nivel tan alto anteriormente por el famoso asteroide Apofis en 2004. El nerviosismo creció rápidamente. Sin embargo, a medida que se recolectaron más datos y se perfeccionaron los modelos orbitales, la amenaza a la Tierra fue reduciéndose.

Ya en febrero de 2025, tanto la NASA como la Agencia Espacial Europea (ESA) habían disminuido drásticamente las probabilidades de impacto terrestre. La NASA las estimaba en un 0,004 %, mientras que la ESA las colocaba en apenas 0,001 %. Para abril, el asteroide fue reclasificado en el nivel 0 de la escala de Turín, descartando cualquier riesgo relevante de colisión con la Tierra. Pero la historia no terminó ahí.
Con la amenaza a nuestro planeta prácticamente descartada, los astrónomos pusieron su atención en un nuevo escenario: la Luna. De forma inesperada, los modelos orbitales comenzaron a mostrar un aumento en la probabilidad de que el asteroide 2024 YR4 impactara en la superficie lunar hacia diciembre de 2032. Las proyecciones actuales sugieren una posibilidad del 4,3 % de que esto ocurra, lo que ha abierto una fascinante ventana para la ciencia planetaria. Un impacto de este tipo en la Luna no representa peligro para los seres humanos, pero podría generar un nuevo cráter visible desde la Tierra e incluso liberar escombros al espacio cercano, con posibles riesgos para satélites y estaciones orbitales.
Un elemento clave en la refinación de las predicciones fue el telescopio espacial James Webb. En marzo de 2025, este observatorio infrarrojo realizó mediciones precisas del tamaño y la trayectoria de 2024 YR4. Gracias a estas observaciones, se logró reducir en un 20 % la incertidumbre sobre su órbita, ajustando tanto su tamaño estimado como su masa. Este uso del telescopio Webb demuestra su utilidad no solo para explorar el universo lejano, sino también para la defensa planetaria y el estudio de cuerpos celestes en nuestro vecindario solar.
El caso de 2024 YR4 es un ejemplo didáctico y oportuno de cómo funciona la red internacional de seguimiento de asteroides. Organismos como el Centro de Estudios de Objetos Cercanos a la Tierra (CNEOS) de la NASA y la Red Internacional de Alerta de Asteroides (IAWN) colaboran con telescopios terrestres y espaciales en todo el mundo para monitorear objetos potencialmente peligrosos. Cuantos más datos se obtienen, más precisos se vuelven los cálculos y menor es la incertidumbre. El sistema ha demostrado ser eficaz, aunque también ha revelado la necesidad de una vigilancia constante y de nuevas tecnologías que permitan detectar asteroides más pequeños y rápidos con mayor antelación.
Mirando hacia el futuro, uno de los momentos más importantes será el nuevo acercamiento del asteroide en diciembre de 2028, cuando pasará a unos 7,9 millones de kilómetros de la Tierra. Este sobrevuelo permitirá nuevas observaciones y una mejor comprensión de su trayectoria antes del decisivo diciembre de 2032. Aunque el riesgo de impacto sigue siendo bajo, la comunidad científica no lo pierde de vista.

El caso del asteroide 2024 YR4 ha sido una lección práctica sobre cómo la humanidad puede enfrentar, con ciencia y colaboración, una amenaza potencial desde el espacio. Lejos de caer en alarmismos, este episodio muestra que estamos más preparados que nunca para anticipar lo desconocido. La Luna, testigo silenciosa de tantas historias, podría convertirse en el escenario de una colisión cósmica sin precedentes en tiempos modernos, y la ciencia estará lista para observarla.
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